miércoles, 21 de marzo de 2012

El Barquero


"Y en la profunda noche,
en fino tumbo abrillantado,
partió el bote muriente
a los puertos lejanos."
José María Eguren


La sólida penumbra fue de pronto interrumpida por una neblina errante que deja ver, por breves momentos, una tenue y lejana luz que parecía flotar suspendida en el vacío, devorada de manera intermitente por la obscuridad. Parecía llamar al viajero que fatigado detenía sus pasos muy cerca del margen en que la tierra no era tocada por el agua. Éste agudizó la vista para tratar de descubrir algo más allá del débil fulgor, pero su esfuerzo fue inútil, vano, como una palabra ininteligible que nunca llega a su destinatario.
Repentinamente el agua se agita, como una advertencia y toca los pies del viajero que sorprendido observa como el bosquejo de una silueta empieza a dibujarse en una neblina que imita a un lienzo blanco.
Como una aparición aparece el barquero, erguido en quietud en el extremo opuesto del bote, enseñando su alta y encorvada figura, como si llevara un peso a cuestas, tal vez de culpas, tal vez de arrepentimientos, o tal vez es sólo la inquieta y asustada percepción del viajero.
El barquero, cubierto con un hábito negro tan oscuro como las tinieblas circundantes, extiende su mano pálida y filosa solicitando la moneda que acaba de aparecer en la mano del viajante sin que éste pueda explicarse cómo. Confundido y semejando una marioneta sostenida por hilos invisibles sube al viejo bote que flota hundiendo la mayoría de su ser por debajo de la línea divisoria entre el mar y el cielo. Entrega la moneda, se acurruca en el otro extremo y mientras se alejan de la orilla su mirada se pierde en lo desconocido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario