Cuando finalmente las moscas tomaron la casa, ya casi no había luz; y los despojos yacían inertes intoxicando todos los espacios vacíos con su aire pestilente.
El silencio se había vuelto taladrante, y recorría minuciosamente los pasillos escudriñando las rendijas y cualquier vestigio de sonido para devorarlo con la ferocidad de las fieras salvajes.
La oscuridad flotaba enseñoriándose de todo el ambiente; siempre dispuesta a aplastar cualquier intento de movimiento en complicidad con la gravedad que extendía sus brazos como tentáculos desde el suelo; aprisionando, estrangulando.
Así nadie fue testigo. No hubo quien constatara que en el último rastro de claridad, fue él quien se coronó a si mismo como gobernador de ese, ahora, su reino.
No hubo voz que proclamara su nombre.
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