
Hoy escribo porque es de noche y la tormenta está en todas partes. El frío a dado rienda suelta a sus fieras rabiosas que han salido incontenibles a la caza, recorriendo hasta el último rincón de mi habitación.
El fuego que me cobija ha empezado a empalidecer y su voz se ha hecho más débil, hasta hacerse casi inaudible. Escribo a trompicones, porque la tinta se queda muda y tengo que repasar torpemente el trazo de la palabra que ha dejado un rastro invisible en este papel que, al terminar este párrafo, se convertirá en alimento de la hoguera que ya se despide sin acompañarme hasta el amanecer como me prometió.
El frío va cerrando el círculo a mi alrededor, acechándome como un lobo hambriento que vigila impaciente, oscuro, espectral, pero real y omnipresente. En el silencio puedo escuchar sus gruñidos así como sus heladas pisadas que se arrastran por toda la oscuridad
mientras mi mente vaga errante entre el sueño y la vigilia,
mientras que abrazo mis piernas entumecidas y flexionadas sobre mi pecho para darme calor.
Tengo miedo, pero ya no me resisto; por eso me quedo quieto y silencioso, sentado frente a las cenizas deseando que este frío se olvide de mí.
Este hielo que acuchilla mis huesos.
Este invierno que me deja desolado.
Este frío que me acecha como un animal.
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